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«El burro era nuestra vida; dormíamos con ellos y sus aparejos en las cuadras»

 Gente buena, gente de bien, gente curtida, de largo recorrido pero fetén en las distancias cortas, donde se ve de lejos lo que es de Ley. A Pascual Martínez, medio siglo arreando a los animales para cumplir los sueños de una España en pleno proceso de reconstrucción, le han hecho tal cual es. Sin vuelta ni cartón. Gasta setenta años y una memoria envidiable.

-Pues ya son años... ¿de arriero o burrero?

-En unos sitios decían arrieros; en otros burreros.

-¿Sabe que hay una zarzuela que se titula 'El cantar del arriero'?

-Lo sé y la conozco.

Cuando de joven arreaba a los burros que hacen labor al fondo de la imagen
cargados de sacos de arena en la realización de unas obras. :: EL CORREO
-Con ella se demuestra lo importante que llegó a ser su profesión.

-Es que antes se hacían todas las obras con los burros. No había proyecto que no se hiciese con ellos.

-Curioso. Ahora se habla de la potencia de los coches en caballos de vapor.

-Los burros y los machos han sido los animales más sufridos del mundo; los más duros. Los caballos eran más flojos. Yo he tenido de todo tipo de animales. Y si hemos hecho pantanos sacando las piedras y llevando la grava, era porque se hacía encima de los burros. A lo tonto, los burros que yo tenía llegaban a cargar todos los días al lomo como 200 kilos. Todo el día trabajando sin parar con ese peso al lomo. ¿Qué le parece?

-Usted empezó de muy chico.

-A los diez años empecé dándoles para que no se pararan con una varita y una cinta, y una gorrita para que no te diera el sol en la cabeza. Y arreándoles.

-A lo largo de ese medio siglo de labor habrá participado en obras espectaculares. ¿Podría recordar algunas?

-En León hicimos el Paseo de la Quinta, donde habrá millones de metros cúbicos desde el río hasta el Hotel San Marcos. Y la pasarela que va a la plaza de toros también la hicimos con burros. Y el pantano de Bárcenas, en Ponferrada. Llevábamos el material con los animales. Hay muchísimas obras. Los saltos del Duero, que están entre Portugal y Zamora, la estación del ferrocarril en esta última... Todo se hacía con burro, y a pico y pala, porque sólo había cuatro camiones y alguna camioneta pequeña.

Recorrió toda España junto su padre y los cerca de veinte burros de los que llegó a arrear durante cincuenta años.
-A los burros les cogería cariño.

-Yo he tenido burros a los que besaba y todo. Al que me dirigía la orquesta de todos los otros... lo quería más que a nadie porque me mandaba toda la contienda, de cuando quería ir de un lado para otro, o quería parar y arrancar. Era como el guía.

-Casi como el capataz de la obra.

-Era el jefe. Y si lo veía un poco triste, le sacaba de comer habas y avena para que siempre saliera bien.

-A usted esto le viene de familia.

-De mi padre. Empezó a los dieciocho años de arriero en La Carolina, en Andalucía. Es el único oficio que hemos hecho.

-¿Sabe que los arrieros, por aquello de que iban de aquí para allá, y con la tez curtida, tenían fama de conquistadores?

-Yo, desde luego, me he recorrido media España. A Logroño llegué desde Ameyugo, cuando hicimos el monumento al Pastor, de Víctor de los Ríos. Lo hicimos con un macho que tenía. Echábamos una piedra en cada lado del animal. Luego fuimos a Yécora a hacer carreteras con Eduardo Andrés, que era constructor. Y así llegamos a La Rioja.

Pascual junto a su mujer, Mari Cruz, a la que conoció en Ledesma de la Cogolla.
-Pero, Pascual, que decía también que tenían fama de conquistadores con las mozas.

-(Se ría) ¡Je, je, je! Entonces no era como ahora, que llevas a las chavalas en coche. Entonces la llevabas en burro o en brazos. Teníamos fama porque éramos muy tiesos, habíamos pasado mucha precariedad y mucho frío. En esas mañana de helada por El Bierzo, en León, y yo cogiendo piedras... Sin guantes ni nada. Allí se te cortaba la cara.

-Pero a usted le pilló una riojana.

-Sí. Estuvimos trabajando en Ledesma, volvimos después a Bobadilla a hacer el truchero que está cerca, y allí me la conquisté, me casé y hasta ahora.

-¡Eso de que la conquistó...! ¿No sería ella?

-Nada. Ya me valía yo sólo para conquistarla. (Se carcajea sin descanso) ¡Ja, ja, ja! De allí nos fuimos para Alberite. Mi padre ya era mayor y, tal y como estaban las cosas, nos quedamos a llevar arena y grava a las bodegas. Y al final quitamos los burros, allá por los setenta, para ponernos a trabajar en otras cosas. Poco tiempo más.

-¿Cuántas veces ha soñado con los burros de entonces?

-Sueño todavía. ¿Qué se cree? El burro era nuestra vida. Cuando llegábamos a un pueblo pequeño, dormíamos con los burros en la cuadra hasta que llegaba mi familia. Hacíamos la cama con los aparejos que teníamos de ellos, y allí nos quedábamos, al calor que daban. Una semana o dos. Eran animales buenos. Antes faltaba la comida para nosotros que para ellos.

-Los tiempos cambian. Ahora hay máquinas para llevar cinco mil, diez mil kilos... Pero se ha perdido parte de aquel romanticismo.

-Cuando empezaron a llegar las palas y los camiones estaba trabajando en Toledo, en un desvío. 'Audis', 'pegados', excavadoras... El ganado empezó a ir a menos con las máquinas y nosotros nos dedicamos a sacar leña de pino en los montes de Vinuesa, en Soria, para llevarla al camión. Ahí también estuvimos bastante tiempo.

-De las máquinas nadie se encariña, sin embargo.

-Fíjese lo que le voy a decir. Ahora, para hacer un bloque de pisos, llega una máquina y hace el hueco de la construcción. Nosotros, en León, hacíamos los huecos con los burros a pico y pala. Mire si trabajábamos y si los acabábamos queriendo. 

Fuente: elcorreo.com
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