Hace sesenta años, los donostiarras ya se movían en tranvías y automóviles, pero aún se veían carros de caballos. No ya como medio de transporte de la gente pudiente sino de las baserritarras. Y su imagen producía un «deplorable efecto» a ojos de los finos donostiarras.
Así lo comentaba en un artículo publicado en octubre de 1950 Alfredo R. Antigüedad: «Es frecuente ver por las calles de la ciudad los carros tirados por caballos de las aldeanas que traen al mercado los productos del campo. No vamos a pretender, naturalmente, que las 'casheras' traigan al hombro o sobre la cabeza sus mercancías. Pero sí es natural que aspiremos a que esos carros y caballos no se estacionen en la forma actual, ensuciando los sitios que han convertido en establos y significando, en ocasiones, un grave peligro para el peatón».
Esos lugares 'peligrosos' estaban en las proximidades de los mercados, o sea, en la calle Arrasate, entonces Hermanos Iturrino, frente al mercado de San Martín, y en las calles San Juan y Aldamar, junto a la Bretxa. En Hermanos Iturrino los animales «permanecen toda la mañana enganchados a esos carros, y como es de suponer dejan aquel lugar lleno de fiemo y con un olor insoportable». El reportero comentaba otro problema en la calle Aldamar: «Hace poco, el rey Faruk fue a comer a Casa Nicolasa, teniendo que parar su coche en el centro de la calle, por estar varios carros de esos situados allí».
Los problemas, al parecer, no se limitaban a la suciedad y el olor. «Los caballos unidos a esos carricoches, que permanecen horas enteras en un aguardar interminable, suelen tener resabios peligrosos, y algunos de ellos muerden. Son muchas las personas que, al pasar junto a ellos, lo hacen con precaución», observaba el artículo de DV. El reportero había observado en la calle Aldamar el caso de un señor al que un caballo le había dado un mordisco. No le había acertado en el cuerpo, pero sí roto la chaqueta. El diálogo posterior había sido el siguiente:
- ¿Cómo se llama usted? -preguntaba el mordido a la dueña del caballo.
- ¿Para qué? -respondía la aldeana.
- Tendrá que pagarme el traje.
- Yo no le he roto el traje. Fue el caballo.
- Pero el caballo es de usted, y lo tenía sin bozal...
- ¡Ene...! ¡Sin bozal!... ¿Es que quiere usted que le ponga bozal al pobrecito para que se ahogue...?".
Antigüedad proponía la obligatoriedad del bozal y la prohibición de los estacionamientos prolongados en los carros de caballos.
Fuente: diariovasco.com
Foto: cedida por Fototeca Kutxa


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